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Valeria Calvo. Ejercicios

La influencia que ejerce la arquitectura Art Déco en las obras de Valeria Calvo, se vuelve comprensible al mirar las fotos tomadas durante sus recorridos por el suburbio porteño. Calvo no iba en busca de las geometrías del ornamento; el Art Déco la sorprende cuando mira las fachadas de una marea de casas bajas. El cine Familiar Parque Chas (1929) con los motivos de su decorativo frente, marca un hito en la historia del barrio donde nació, vive y trabaja.
Ligado al espíritu de entreguerras, las marcadas geometrías del Art Déco cobraron fuerza en París con la Exposición Internacional de 1925 dedicada a las Artes Decorativas e Industriales Modernas y pronto llega a todas partes y también a la Argentina. Si bien reinaba el eclecticismo y el gusto por los palacios levantados con riqueza agropecuaria, la modernidad cambió la fisonomía porteña y lo nuevo, incluía el Art Déco. Estilo que no sólo conquistaría los barrios y ciudades de provincia. Sus diseños invadieron los objetos de la vida cotidiana, la tipografía, la moda, los autos y sobre todo, los espacios de recreación como cines y teatros.
La fachada a medias destruida con los años y otros fines utilitarios, despertó el amor a primera vista de una pintora dedicada a la abstracción geométrica. Calvo es además heredera de ese fecundo movimiento abstracto que surgió en Buenos Aires en el año 1944. Estos datos aparecen como eslabones sueltos. Pero el encuentro con otras fachadas Art Déco y el oficio de pintar geometrías de una descendiente de los abstractos más importantes de América latina, convierten los eslabones en una cadena que sustenta la obra. El sentido del quehacer artístico contemporáneo de Calvo se afirma en el presente con los legendarios movimientos de vanguardia. Basta mirar las fotos y luego las pinturas, los rombos, rectángulos, pirámides, poliedros, flechas y cuadriláteros, para advertir, más allá de las influencias egipcias y aztecas del Art Déco, la soltura de Calvo para transportar a la contemporaneidad su motivo de inspiración.

Ana Martinez Quijano

Esculpir la bidimensión. Sobre Intersticios de Valeria Calvo

Así como los contornos y planos de colores en sus obras más recientes se rebelan contra la bidimensionalidad del plano, el mismo proceso de trabajo exhibido bajo el título de Intersticios parece ir hacia adelante y hacia atrás, hundirse y proyectarse en el lienzo con una misma fuerza. Si remontamos el derrotero de hipótesis visuales que Valeria Calvo viene planteando en sus exposiciones anteriores, El horizonte es una línea cualquiera y La ilusión de un perpetuo movimiento, podríamos encontrar las claves de acceso a las piezas actuales las que, a todas luces, exhiben un poder de síntesis antes no presente. Ya desde sus títulos, las series anteriores nos hablan de una épica de la pintura en tanto práctica de la ilusión y ejercicio del artificio por superar lo planimétrico. Lo ilusorio, en sus series anteriores, tenía que ver con la construcción de un espacio para esa pintura, como señala Eduardo Stupía “un espacio sin centro ni ejes categóricos, sometido a la influencia de una suerte de sinergia rotatoria, de cuya movilidad percibimos instantes congelado […] van a encontrar su sentido no en la provisoriedad de su ubicación circunstancial sino en la alusión a un perpetuo movimiento”. Si en las series anteriores el juego de abstracción orbitaba sobre ciertos referentes más o menos opacos -los juegos de plaza y la arquitectura modernista vernácula- en su última producción la artista comienza a citarse a sí misma, a recurrir a dispositivos probados en ese pasado cercano y ahora empujados a ocupar la batalla de signos por sí sola. El plano rebatido y el facetamiento con los que antes generaba el espacio donde ubicar la representación del Palacio Municipal de Guaminí de Francisco de Salamone, flotante e inmanente al juego de la armadura representativa, hoy ya no están al servicio del gran tema de la pintura -trascender la bidimensionalidad, negarla con el devenir de líneas y formas– sino que se organizan en torno a un centro gravitacional interno. La síntesis, a la que Calvo abreva tras lo que parece ser un estudio pormenorizado de sus propios procedimientos, da como resultado una composición pictórica que parece estar más cerca de la escultura que de la propia disciplina de superficie. Si bien su obra siempre provocó inteligentemente la mirada del espectador, con “pequeñas trampas, deliberadas alteraciones y discretas, casi imperceptibles anomalías estructurales, cercanas por momentos a las ilusiones ópticas”, en Intersticios la invitación parece estar más cerca de lo netamente abstracto, sin una historia, sin una locación aparente, sin que pueda un cuerpo ocuparla, al mismo tiempo que actualizando las investigaciones de los maestros del universo concreto tanto más pendiente de lo que sucede ahí mismo en el concierto de colores y formas. Estás pinturas y en especial los calados -que podrían pensarse como ejemplos de la vigencia de aquello “inventado” por Rod Rothfuss para el Grupo Arturo- son piezas cercanas a un método artístico de investigación propio de la escultura en donde los vacíos, los ingresos y las proyecciones constituyen la sintaxis propia de lo que sucede en la pieza (no es menor, entonces, señalar que Valeria estudió escultura en sus años de formación como artista). Se trata, en todo caso, de situaciones autocontenidas que aparecen en no espacios conceptuales -referidos como el blanco del lienzo-, propuestas de volúmenes a partir de sutiles variaciones de tonos para un mismo color, el recurso a la oblicua y a la superposición para seguir hablando -a pesar de todo lo dicho antes, no olvidemos que Calvo se cita a sí misma en tanto a las operaciones que usa- acerca del espacio. Lo que antes aparecía como el momento congelado de un estallido de formas, ahora se encuentra conectado por líneas, contornos, volúmenes sugeridos, siluetas, que van guiando la lectura de la superficie de uno color al otro, de una figura a la otra, de un recorrido de línea a la siguiente. Son, sin duda, piezas que reclaman para sí la más absoluta abstracción en tanto lo que describen ya no son formas en el espacio sino fuerzas en el plano metafísico de la pintura. Sus calados, tan cerca de los hallazgos plásticos de nuestra vanguardia concreta, son el mejor ejemplo de esta búsqueda absolutamente abstracta y más allá de cualquier espacio ficcionado: sus calados “son” en el espacio, lo definen por exclusión. Aquí, todo lo que no es pintura, es espacio, contexto de la pintura y, como sucede en las pinturas de “marco recortado” Madí, las piezas así creadas participan de la pintura y la escultura, sin ser ni una cosa ni la otra.

Mariana Rodríguez Iglesias
Nuñez, verano de 2017

Tanto es el horizonte “una línea cualquiera” para Valeria Calvo, que en su planteo pictórico esa línea no aparece nunca de manera compositivamente relevante o incluso visible, y apenas se insinúa allí donde la artista apela a un punto de fuga más notorio. Calvo propone, con suma habilidad y notable dinámica constructiva, un espacio sin centro ni ejes categóricos, sometido a la influencia de una suerte de sinergía rotatoria, de cuya movilidad percibimos instantes congelados, como si lo que vemos en el plano fuera la imagen fija de un encastre de piezas que van a encontrar su sentido no en la provisoriedad de su ubicación circunstancial sino en la alusión a un perpetuo movimiento. Todo parece estar en constante flotación, y a la vez cada cosa ocupa un lugar, como las secciones de un rompecabezas.

A la vez, no podría hablarse de una diversidad de puntos de vista, sino más bien de una utilización estratégica del plano rebatido, o bien quebrado, fraccionado, en un “facetamiento”- para citar palabras de la propia artista- de las superficies planimétricas que constituyen la armadura básica de cada pieza, corroborable también en las amplias curvas, en los sectores de contornos sinuosos y en otros de secos perímetros, donde las rectas se fracturan en un electrizado devenir de líneas zigzagueantes.

Hay en estas geometrías resabios sintetizados de los juegos de plaza que eran parte central en la obra anterior de la artista, ahora inscriptos, de manera también fragmentada, en una expansiva geografía artificial que, en extraña amalgama, parece una versión en pocos trazos del espacio de los parques y plazas, y de las perspectivas cerradas, endógenas y barrocas de los shoppings y aeropuertos.  Sobre esa escenografía, Calvo enrarece aún más el carácter ya de por sí indefinible de sus relatos plantando referencias  -parciales en cuanto a las precisiones descriptivas pero corporalmente muy sólidas- a elementos tan reconocibles como andamios, tablas, estructuras tubulares, cañerías, toboganes, escaleras mecánicas, empalizadas y vallados. En esta utilería también se entremezclan, como líquenes gráficos que crecen parasitariamente, virtuales apuntes de entramados ornamentales, trabajados con una modulación texturada que los diferencia de todos los demás ingredientes de la composición, y que aportan notas de módica aunque imprescindible disonancia.

En cuanto al constante juego de los volúmenes con las formas ambiguas, aquellos surgen estrictamente como resultado de la combinación de colores planos, difuminados en los límites de cada uno cuando lo impone la lógica de una estricta prolijidad representativa. Así como hay aquí reflejos de la multiforme herencia del “pop”, y de ciertos procedimientos de construcción de imagen propios de la era digital, Calvo siembra el terreno visual de pequeñas trampas, deliberadas alteraciones y discretas, casi imperceptibles anomalías estructurales, cercanas por momentos a las ilusiones ópticas, de manera de que en un mismo cuadro, a veces en un mismo elemento, conviven una básica ilusión tridimensional y la neta bidimensionalidad. Este recurso es llevado a un extremo en la propuesta de intervención sobre el muro, un legítimo efecto de contundente trompe l’oeil que inyecta gérmenes deconstructivos sobre el ámbito fisico de la galería.

A la vez, Calvo encuentra su clave, su punto de inflexión en la alta vibración y en el eficaz contrapunto cromático, allí donde ella regula sabiamente la intensidad de la paleta con una sutil manipulación del tono, como una aplicada alumna de Albers y de la escuela Purista, con sus colores desaturados. Una pintura perfectamente sostenida por una dedicada elaboración técnica a la que nutre el alimento sutil de una sensibilidad siempre alerta.

Eduardo Stupia
mayo 2011

Valeria Calvo: mucho horizonte en cualquier línea que pinte

Nos sorprende esta artista en su segunda muestra individual; la primera fue en el Centro Cultural Borges, en el 2008. Hasta ahora ha realizado muestras colectivas, entre ellas, en el 2010 “Por qué pintura”, en el Fondo Nacional de las Artes, o en la Beca Ecunhi, en el 2009.

Esta exposición exhibe una decena de obras mayormente de gran formato, especialmente pensadas para el sitio específico que implica esta muestra.

Egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón en el área de escultura, esta artista cuenta tan sólo con 31 años y les asistente de distintas artistas, entre las que se destacan Viviana Zargón.

Llama la atención la solidez de su búsqueda formal. Si bien se dedica a la pintura, se encuentra atravesada por la problemática del espacio, tanto el interno a la obra como la relación de esta con el exterior se encuentran problematizadas en sus planteos, acercándose incluso a temas relacionados con la arquitectura.

Como la misma artista explica, a la par que retoca los últimos detalles de la intervención que está realizando en el muro de la as sala pequeña de la galería: “el título de la exposición es literal, no existe el horizonte en mi obra, es una línea más, incluso, en la intervención, esas vigas ahí arriba pintadas, se ven desde un punto de vista imposible con el resto del espacio, y eso es lo que me propongo problematizar, la mirada y el espacio”.

Calvo es una artista interesante, cuya carrera hay que seguir. Viendo especialmente sus últimas obras presentes en esta muestra se nota algo que todavía no llegó en relación a los arrepentimientos, a lo desprolijo, como si esta propuesta fuera un work in progress en realidad de una identidad que esta creadora está comenzando a sentir y a hacer explotar.

Propone una instalación que cuenta con una composición musical de impronta sinestésica, especialmente creada para la ocasión por Analía Rosemberg* (pianista del grupo Los Amados), en un juego minimalista de notas del piano que dura casi cinco minutos y se repite, pasando por distintos timbres (que incorporan texturas imaginarias presentes en los metales y las maderas presentes en las pinturas), descubriendo en esa variedad un verdadero círculo cromático de tonalidades.

Con sutilezas formales que sorprenden, repleta de paradojas, Calvo es una artista absolutamente contemporánea. Detenerse frente a sus obras es confundirse, descentrarse, olvidar la esperanza de un espacio sensato, dejarse ganar por la ilusión óptica, por el quiebre de líneas. Un uso estudiado del plano rebatido y del múltiple punto de vista exacerba esta desorientación de tubos, estructuras metálicas, aros cortados y soportes vacíos, que además suelen verse enrevesados con ciertas formas orgánicas que crecen o se sostienen volviendo la escena agradable, pero exquisitamente

Kekena Corvalán

Composición para Intervención III de Sal de Ahí! nace una genuina curiosidad por inmiscuirme en el universo plástico de Valeria Calvo. Cómo plasmar musicalmente esos trepadores, escaleras, la permanente superposición de elementos e inclusive el ritmo que plantea su obra se me presentó como un inmenso desafío. Inicialmente dividí la tarea en dos partes: por un lado, pensé como traducir cada uno de los elementos del cuadro al universo sonoro. Qué timbre sería adecuado para cada uno de ellos, cómo representar la verticalidad, el ritmo, la profundidad, la superposición. Por eso la elección de timbres metálicos y maderas, las escalas ascendentes, los paneos y las fluctuaciones de volumen. Los colores que aparecen en su obra fueron emparentados con determinadas alturas en relación a la escala sinestésica creada por el compositor A. Scriabin. Rítmicamente jugué con los contrastes entre esas permanentes escalas ascendentes y los silencios abruptos que intentan sugerir las formas interrumpidas o inacabadas. La presencia de un sello con una melodía de notas largas atravesando esos sonidos metálicos y de maderas evoca a esas líneas negras, rojas y fucsias que traspasan trepadores y escaleras, apareciendo y ocultándose. Por otro lado, me propuse observar su obra como un todo, intentando recrear el clima, la atmosfera que sugiere. Recrear su carácter lúdico y a su vez intrincado. Cierta sensación de soledad, de irrealidad. Resulta innegable el carácter subjetivo que puede poseer este tipo de composición proveniente de un arte con su propio lenguaje hacia otro arte que posee el suyo propio. El intento de una traducción literal de la pintura por parte de la música o viceversa sería totalmente vano. Composición para Intervención III de Sal de ahí!, en todo caso, intenta reflejar la complejidad de sensaciones que produjo en mí el entrometerme en el universo de Valeria Calvo.

Analía Rosenberg